En una calurosa noche de verano, la iglesia de Portocolom se convirtió en el escenario perfecto para rendir homenaje a Bach, un maestro cuya música trasciende el tiempo. Aunque el calor era casi insoportable, los instrumentos de cuerda lucharon con valentía contra las inclemencias del clima. Afinaciones constantes eran necesarias, pero eso no detuvo al violinista Miquel Muñiz y al VMA Ensemble. Al contrario, mostraron su verdadera grandeza frente a la adversidad.
Un Concierto que Resuena en el Corazón
Cada nota parecía surgir de un rincón mágico del pasado, transportándonos a aquella corte alemana donde Bach compuso sus inmortales obras. Desde los primeros acordes del Concierto en mi mayor, BWV 1042, quedó claro que Muñiz no solo brilla por su técnica; su violín canta con una naturalidad que enamora. El Andante, en particular, fue una auténtica lección de musicalidad que nos dejó sin aliento.
A lo largo de la noche, cada pieza interpretada confirmaba la excelencia del conjunto. En el Concierto en la menor, BWV 1041, Miquel supo mantener a raya cualquier tentación de hacer un espectáculo de las dificultades técnicas; todo sonó impecable y profundo. Y así llegó el clímax con la reconstrucción del BWV 1052R, donde mostró una confianza y técnica excepcionales.
No podemos olvidar reconocer al resto del equipo. Cada miembro del VMA Ensemble aportó su talento individual para crear algo sublime: las cuerdas respondieron como una máquina bien aceitada, mientras que el continuo sostuvo cada pasaje con elegancia e inteligencia. Este no fue solo un acompañamiento; fue un diálogo vibrante entre solista y orquesta que dio vida a una interpretación brillante y llena de luz.
La acústica de la iglesia jugó un papel fundamental; cada nota resonaba clara y cálida por todo el recinto abarrotado, donde el público escuchaba en completo silencio—un testimonio al impacto emocional generado por esta actuación. Los aplausos finales fueron más que merecidos; este concierto fue uno de esos momentos mágicos que justifican por sí solos cualquier festival.
A lo largo de esa noche inolvidable, Portocolom se sintió como un pequeño rincón de Köthen. Y mientras nos dejábamos envolver por las melodías bachianas, recordamos que la música verdadera siempre encuentra su camino para brillar, incluso bajo las condiciones más desafiantes.

