El pasado lunes, Gustavo Petro, el presidente saliente de Colombia, no se contuvo al afirmar que las elecciones presidenciales del 21 de junio fueron un auténtico fiasco. En un mensaje directo a sus seguidores, insistió en que lo que ocurrió en las urnas fue más que una simple irregularidad; él habla de fraude electoral, y sostiene con firmeza que el verdadero vencedor es Iván Cepeda, no Abelardo de la Espriella.
La sombra del fraude
En sus declaraciones, Petro reveló que existe un oscuro entramado detrás de esta elección. Asegura que la victoria del ultraderechista De la Espriella se debe a algoritmos manipulados desde California, gestionados por empresas privadas de inteligencia israelíes. «Los delitos se cometieron en el territorio estadounidense», afirmó con contundencia. Aunque sus palabras son graves, él asegura tener pruebas irrefutables para sostener su argumentación.
“Solo el fraude puede llevar a corruptos a ser presidentes”, repitió Petro mientras criticaba la manera en que se manejaron los votos. No dudó en calificar este acto como una venta de la soberanía nacional por parte de De la Espriella a cambio de una presidencia espuria. Para él, no hay forma de reconocer la legitimidad del nuevo gobierno porque está convencido de que “Abelardo no ganó las elecciones”.
A medida que avanza su discurso, Petro revela detalles sobre cómo se orquestó este engaño electoral: algoritmos diseñados para alterar significativamente los resultados. Según él, estas técnicas utilizaron datos del censo electoral para reemplazar votantes legítimos por otros capaces de votar múltiples veces o incluso inexistentes.
Aunque había prometido una transición ordenada hacia el nuevo gobierno tras las elecciones, parece que esas intenciones han quedado atrás ante la desconfianza creciente sobre lo ocurrido. Con la toma de posesión presidencial fijada para el próximo 7 de agosto, las dudas persisten y el eco del reclamo popular resuena cada vez más fuerte.

