En el corazón de Kinshasa, el pasado viernes se vivieron momentos de gran tensión. El Gobierno congoleño salió a escena para justificar la intervención de sus fuerzas policiales durante una sentada organizada por la oposición. Este evento tenía un claro mensaje: protestar contra una reforma constitucional que podría permitir al presidente Félix Tshisekedi aferrarse al poder hasta 2028. Pero, como suele ocurrir, las cosas no salieron como se esperaba.
Los opositores clamaron que hubo muertes y heridos, señalando específicamente a Martin Fayulu, un líder con experiencia en este juego político, quien denunció que dos personas perdieron la vida tras la represión policial. En medio del caos, tres destacados miembros de su partido se vieron obligados a refugiarse en las oficinas de su propia agrupación, sintiendo el peso del Estado sobre sus hombros.
Una versión oficial cuestionada
Sin embargo, desde el Gobierno se niega cualquier pérdida de vidas humanas. “No hay muertos”, afirmaron con seguridad. Según ellos, solo hubo unos 15 heridos –la mayoría policías– y algunos vehículos incendiados. Aparentemente, los manifestantes cambiaron inesperadamente su ruta acordada y estaban armados con objetos peligrosos. Una acusación bastante fuerte que recuerda los tiempos difíciles que vive el país.
A esto se le suma un contexto aún más sombrío: un brote de ébola amenaza a la población mientras el norte del país se consume en conflictos violentos. La situación es tan complicada que hace poco, Tshisekedi insinuó estar abierto a un tercer mandato si así lo desea el pueblo; algo que provoca escalofríos entre muchos ciudadanos conscientes de lo que eso implicaría.
Así está la realidad en RDC: entre revueltas y miedo a perder lo poco que queda de democracia, nos preguntamos ¿realmente están cuidando de nosotros o solo buscan perpetuarse en el poder?

