La 58ª edición del Premi d’Honor de les Lletres Catalanes se convirtió en un auténtico espectáculo de emociones el día que Biel Mesquida lo recibió. Imaginen a este poeta mallorquín, con lágrimas y risas entrelazadas, sintiendo que ese premio era como un abrazo cálido de cariño y reconocimiento. «Yo escribo para ser amado», dijo, como si no hubiera otra razón más potente para crear.
El poder de las palabras y la lucha por la lengua
Con el Palau de la Música como telón de fondo y el eco de Lluís Llach interpretando ‘Camí a Ítaca’, Mesquida se presentó como una mezcla de amor y resistencia. El presidente de Òmnium, Xavier Antich, lo describió magistralmente: «Nadie como él para construir mundos enteros con sus palabras, ni para convertir el dolor en luz». Y es que Biel no solo es poesía; es una barricada contra cualquier forma de censura.
Con su escultura en mano, diseñada por Ernest Altès, el autor agradeció emocionado un galardón que representa su lucha incesante por la lengua catalana. Recordó aquellos días en los que a los tres años ya escribía cartas a sus padrinos, guiado por su madre profesora y el alfabeto Montessori hecho por su padre. Una historia entrañable que nos conecta a todos con nuestros comienzos.
Biel Mesquida es libertad pura; cada palabra suya grita contra las injusticias, sean aquí o allá. Y no se cortó al lanzar un mensaje claro: «Donde haya un profesor, que los políticos agachen la cabeza avergonzados». Esa frase resonó fuerte en un auditorio cautivado.
No obstante, no fue solo una gala; fue una celebración del espíritu indomable del poeta. Desde las voces cálidas de Maria del Mar Bonet hasta las reflexiones profundas sobre cómo recordar nuestra historia puede ser clave en estos tiempos oscuros.
En resumen, Biel Mesquida encarna esa llama incandescente que necesitamos para seguir luchando por nuestra cultura y lengua. En sus propias palabras: «Muera la censura! ¡Viva la libertad!» Aquí estamos todos nosotros para respaldar esa declaración tan poderosa.

