En un ambiente caldeado y lleno de emoción, Pablo Carreño se ha clasificado para los octavos de final de Roland Garros, un logro que no lograba desde hace cinco años. A sus 34 años, este asturiano no pudo contener su alegría tras vencer a Tirante. «Mi tenis brilla más bajo el sol», dijo entre risas y sudor, pero lo que más le preocupó fue el estado de la pista.
Una pista inusual
«¡Era como si hubieran creado una piscina por la noche!», comentó con incredulidad. «Hemos tenido días soleados y calurosos aquí en París, pero al llegar a la pista estaba super húmeda. ¡Parecía que estábamos jugando en la playa de Luanco! Las bolas estaban tan embarradas que ni siquiera parecían las mismas. En el primer set, ni rastro del riego habitual; todo era un barro descontrolado».
El triunfo tiene un valor especial para él: «Cada vez que veo a mi hijo viendo mis partidos con una raqueta en mano me siento recompensado. Eso vale cualquier sacrificio», expresó con orgullo. Tras haber lidiado con lesiones y una operación en el codo, su objetivo al venir aquí no era tanto avanzar sino simplemente jugar sin dolor: «Tenía miedo por mi hombro después del torneo en Valencia, pero vine a disfrutar y ver dónde llegaba».
Pablo también reflexionó sobre el cambio generacional en el tenis: «Hay una nueva ola de jóvenes jugadores brillantes entre 19 y 22 años surgiendo en este torneo. Están llenos de energía y tienen mucho por aprender aún; es emocionante ver cómo empujan cada vez más fuerte. Mi generación ya empieza a dar coletazos ocasionales… ¡pero claramente están reclamando su lugar!».

