El Mallorca atraviesa uno de esos momentos que dejan huella, un estado de shock absoluto. La reciente derrota ante el Levante (2-0) ha hecho que el club se tambalee, dejando a todos con un pie y medio en Segunda División. Aunque todavía hay una pequeña esperanza matemática de salvación, muchos saben que lograrlo sería casi como un milagro. Nadie en la dirección del club había anticipado este desenlace tan cruel.
La preocupación es palpable entre los directivos. Andy Kohlberg, el propietario, no puede mirar hacia otro lado; es hora de reflexionar y hacer autocrítica. Mientras tanto, solo Demichelis y Darder han salido a hablar con los aficionados para intentar calmar las aguas revueltas. El resto del equipo directivo se encuentra sumido en análisis sobre qué pasos seguir después de este descalabro.
La necesidad de una reacción
Aunque la llegada de Demichelis al banquillo trajo algo de aire fresco al equipo –15 puntos de 33 posibles no son cifras para descender–, la realidad es que el equipo ha caído en una espiral negativa que les ha costado caro. Es difícil entender cómo jugadores con tanta calidad se han dejado llevar en partidos cruciales como los recientes contra Getafe y Levante. La imagen ofrecida ha sido simplemente inaceptable.
Error tras error, el doloroso camino hacia la Segunda División parece más claro cada jornada. Las carencias emocionales y competitivas están a la vista: ventajas desaprovechadas y actuaciones muy por debajo del nivel esperado son solo algunas señales de alarma.
No podemos olvidar las decisiones tomadas por la dirección deportiva; incluir a Olaizola y Calatayud –dos chavales del filial– en un partido vital refleja una falta total de alternativas efectivas. ¿Es esto lo mejor que puede ofrecer un club con historia? No parece ser así.
A medida que nos acercamos al decisivo partido contra el Oviedo, lo único seguro es que no habrá consuelo posible para esta afición dolida por un mazazo tan difícil de digerir.

