La historia de Narges Mohammadi no deja indiferente a nadie. La valiente activista y Premio Nobel de la Paz ha abandonado la unidad de cuidados intensivos en Teherán, pero su situación sigue siendo crítica. Su hija, Kiana Rahmani, no se anda con rodeos: «Devolverla a prisión sería una sentencia de muerte». Es un grito desesperado que refleja el amor y la preocupación por su madre.
Un delicado estado de salud
Mohammadi ha recibido el alta del Hospital Pars, pero eso no significa que esté fuera de peligro. Tendrá que permanecer bajo una estricta supervisión médica en casa, con visitas constantes al hospital y sesiones diarias de fisioterapia. Kiana insiste en que es esencial garantizar su libertad y retirar los cargos infundados que pesan sobre ella. «El activismo de Derechos Humanos no es un delito», subraya con firmeza.
Los médicos son claros: su salud necesita cuidado extremo durante al menos ocho meses debido a las presiones psicológicas severas y el estrés intenso que ha sufrido. Con más de diez años encerrada tras las rejas, el cuerpo de Narges ya no puede soportar más sufrimiento ni condiciones adversas.
Su odisea comenzó el 1 de mayo cuando fue ingresada en cuidados intensivos tras ser trasladada desde Zanjan a Teherán. El 13 del mismo mes pasó por una angiografía debido a problemas graves con su presión arterial. Todo esto ha sido causado por años de angustia y maltrato psicológico.
Narges fue arrestada en diciembre pasado mientras rendía homenaje a un abogado fallecido en circunstancias misteriosas. Desde entonces, ha luchado ferozmente contra las condiciones inhumanas dentro del sistema penitenciario iraní e incluso inició una huelga de hambre este año para denunciarlo.
A pesar de haber obtenido una libertad provisional temporalmente por motivos médicos, la sombra del encarcelamiento aún acecha sobre ella con condenas adicionales pendientes. La lucha por sus derechos continúa siendo tan peligrosa como necesaria. Al fin y al cabo, ¿quién podría aceptar vivir sin libertad?

