La tarde del lunes, sobre las 17.00 horas, la tranquilidad del barrio de Foners se vio sacudida por un estruendo que resonó en el número 17 de la calle Sant Novici. Un edificio que muchos consideraban seguro se convirtió en escenario de una pesadilla cuando el tejado se desplomó sobre el octavo piso. Afortunadamente, los residentes pudieron escapar ilesos, pero el susto fue monumental.
Un momento crítico y decisiones rápidas
Miguel Domingo, propietario de uno de los pisos afectados, estaba tranquilamente sentado en su sofá con su hija mayor, que había venido a visitarlo. De repente, un grito desgarrador rompió la calma y el techo comenzó a caer. “Los escombros han caído detrás de mi espalda”, recuerda con voz temblorosa. En ese instante, la vida les jugó una carta inesperada: por cuestión de segundos se salvaron.
“Menos mal que no estábamos comiendo”, dice Miguel mientras acaricia a su perro, un compañero leal en momentos tan difíciles. Su mujer tuvo que regresar rápidamente a casa para recuperar a su tortuga; es increíble lo que la adrenalina puede hacer actuar en situaciones límite.
Los bomberos y la policía llegaron al lugar casi al instante; eran conscientes de lo crítico del momento. Los vecinos habían estado preocupados por unas grietas visibles desde hacía meses y aguardaban respuestas tras una visita técnica sin novedades. La incertidumbre ahora pesa más que nunca: “Yo no tengo donde ir”, confiesa Miguel con tristeza. “Espero que me busquen un lugar digno hasta que pueda encontrar algo o reubicarme”. En solo unos instantes, todo lo que tenían se volvió incierto.

