En una noche en Cornellá, el Real Madrid ha conseguido lo que muchos pensaban imposible: salvar el pasillo. Sin la presencia de Mbappé, que ha estado más en las portadas de las revistas que en el campo, fue Vinicius quien tomó las riendas del equipo blanco. El próximo desafío no es otro que frustrar el título culé en el Clásico del 10 de mayo.
Un partido lleno de presión
Para los jugadores del Espanyol, este encuentro significaba mucho más que para los madridistas; ellos luchan por su permanencia y la derrota les deja ante cuatro jornadas de sufrimiento puro. Pero para el Madrid, era cuestión de intentar retrasar lo inevitable: la celebración del alirón por parte del Barcelona. La estabilidad azulgrana contrasta con el caos vivido por los blancos en un mes de abril para olvidar.
A medida que avanza la temporada, la figura de Vinicius y Bellingham se vuelve esencial. Ambos son las estrellas brillantes en un año donde poco parece salir bien. Con un entrenador ya despedido y otro aún sin confirmar, los blancos han decidido establecer pequeños objetivos en vez de soñar con grandes títulos. Ganar el Clásico es uno de esos pequeños consuelos que podrían devolverles algo de orgullo.
Ya ganaron el primer enfrentamiento esta temporada, pero desde entonces todo se ha desmoronado. La implosión pública de Vinicius tras ser sustituido por Xabi marcó un punto crítico; se cerró la crisis pero quedó un mal sabor en boca entre aficionados y jugadores.
Ahora bajo Arbeloa, Vinicius se muestra como pieza clave mientras se discute su renovación. Ayer dejó claro su compromiso tirando del carro ante un equipo que siente su ausencia con Mbappé lesionado pero motivado para estar presente en Barcelona. Un partido que quizás no cambie nada en términos numéricos pero que será visto como una oportunidad para reivindicar su calidad frente a una afición ansiosa por ver triunfar a su equipo.

