En el corazón de la hermosa Serra de Tramuntana, un episodio oscuro y perturbador sigue acechando los recuerdos de quienes conocen la historia. Nos transportamos al 23 de febrero de 1992, cuando un vecino preocupado decidió acercarse a la Villa Kolwezi, hogar de un matrimonio belga que hacía tiempo no se dejaba ver. Lo que comenzó como una simple inquietud se convirtió en una pesadilla aterradora.
Al abrir la puerta, lo que encontró fue dantesco: Suzanne Bernardine A., de 66 años, estaba allí sin vida, amordazada y con claros signos de haber sido asfixiada. No lejos de ella, su esposo, Augot Maertens, de 68 años, tenía una herida mortal en la cabeza. Y para colmo del horror, su querido perro también había sido abatido a tiros. Las jaulas estaban abiertas y las gallinas corrían libres por el campo; algo no encajaba.
Un suicidio pactado o un crimen atroz
Los agentes de la Guardia Civil llegaron rápidamente y precintaron la casa mientras comenzaban a desentrañar este misterio. Una carta manuscrita dirigida a la familia sugirió un posible suicidio pactado entre los dos; sin embargo, el estado en que encontraron a Suzanne dejaba muchas preguntas sin respuesta. ¿Cómo justificar que ella estuviera amordazada en ese escenario?
A medida que avanzaba la investigación, todo apuntaba a que Augot pudo haber asesinado a su esposa antes de acabar con su propia vida. Pero las pruebas eran escasas y confusas. El forense reveló que los cuerpos llevaban muertos alrededor de tres semanas; justo el tiempo desde que alguien los había visto vivos por última vez.
Casi 34 años después, aún quedan muchas incógnitas sobre lo sucedido en aquella tranquila finca mallorquina: ¿fue realmente un pacto entre ellos o hubo algo más oscuro detrás? Esta historia nos recuerda que incluso los lugares más idílicos pueden esconder secretos aterradores como el trágico final de Augot y Suzanne.

