Era una noche cualquiera de marzo en 1980 cuando el cuerpo sin vida de Jean Albert Bungert, un belga de 49 años, fue encontrado en el rellano de su apartamento en Can Pastilla. Este hombre, que había llegado a la isla buscando tranquilidad y sol, se convirtió en víctima de un asesinato brutal. La imagen de su cuerpo boca abajo, con un disparo certero en la nuca, quedó grabada para siempre en la memoria colectiva del lugar.
Los vecinos del número 28 de la calle Acapulco apenas lo conocían. Era reservado pero amable; un hombre que disfrutaba del silencio y las pequeñas cosas. Sin embargo, esa serenidad se truncó por culpa del hampa, que hizo acto de presencia con una violencia inusitada. Nadie podía imaginar que el belga acabaría siendo uno más entre las víctimas del crimen organizado.
Un crimen perfectamente orquestado
Esa noche fatídica, un restaurante cercano fue testigo del horror. El dueño entró al edificio y se encontró con una escena escalofriante: Jean yacía entre los escalones, inmóvil y rodeado por un charco oscuro de sangre. A su lado, su bolso estaba intacto; no le habían robado nada. Todo resultaba extraño y desconcertante.
La investigación fue rápida pero infructuosa. Los agentes del Grupo de Homicidios peinaron cada rincón del lugar buscando pistas sobre el asesino. Pero el criminal parecía tener todo bajo control; actuó cuando menos personas había alrededor y dejó pocas huellas detrás. Con cada día que pasaba, las esperanzas de resolver el caso parecían desvanecerse como el humo.
Años después, en 1991, una confesión inesperada desde París revelaría parte del misterio: un sicario arrestado admitió haber sido responsable del asesinato por encargo de Jean Albert Bungert. Según sus palabras, lo siguió durante semanas antes de ejecutar la orden que le habían dado. ¿Qué motivo habría detrás? Tal vez una traición o una deuda pendiente con la mafia…
A pesar de conocer al autor material del crimen casi cuatro décadas después, aún persiste la leyenda oscura que envuelve esta historia: nadie ha hablado y la ‘omertà’ ha sido implacable en Can Pastilla.

