Era un caluroso domingo de verano en 1991, cuando la Playa de Palma se convirtió en el escenario de una tragedia. Todo comenzó con una discusión por un perro y terminó con siete puñaladas mortales que marcaron a toda una comunidad. Antonio G.L., de 39 años, perdió la vida a manos de Antonio T.G., de 52, dejando atrás un rastro de conmoción entre quienes les conocían.
Una noche fatídica
Aquel 21 de julio, ambos hombres se encontraron en un bar cercano. Según algunas versiones, el más joven le ofreció al otro una cerveza; sin embargo, el agresor desmintió esto y alegó que Rocco, el perro de Antonio G., intentó morderle y su dueño lo incitó. Sea como fuere, la velada terminó y los caminos se separaron.
Después del cierre del bar, Antonio G. salió a pasear por la playa con su mascota. Mientras tanto, Antonio T., enfurecido por lo ocurrido en el bar, decidió armarse con un cuchillo de cocina – ¡como si eso fuera a solucionar algo! – para enfrentarse a quien él consideraba su enemigo. Lo cierto es que su intención no era defenderse; quería venganza.
Cuando finalmente dio con Antonio G., las cosas se complicaron aún más. Asegurando que necesitaba protegerse del perro – ya sabemos cómo va eso – intentó provocar al can sin éxito alguno. Entonces tomó la decisión fatal: golpeó repetidamente a su rival con la correa antes de clavarle el cuchillo en siete ocasiones; tres veces en el costado junto al abdomen, tres más en los brazos mientras este intentaba defenderse y finalmente esa estocada mortal directo al corazón.
La esposa de Antonio G. ofreció una versión muy diferente: para ella fue evidente que T.G. se ensañó con su marido buscando desquitarse por lo sucedido anteriormente en el bar. La escena fue desgarradora; Antonio cayó desplomado sobre un charco de sangre mientras T.G., atónito y bajo los efectos del alcohol según dijo él mismo, permanecía allí mirando lo que había hecho.
No tardaron mucho los agentes en llegar tras recibir aviso del propio homicida: «Yo no me muevo de aquí». Al encontrarse con él aún empuñando el cuchillo no opuso resistencia y fue arrestado inmediatamente.
A partir de ahí comenzó todo un proceso judicial donde cada parte defendía sus verdades a capa y espada; mientras tanto, Antonio T.G. permanecía tras las rejas esperando juicio por lo que muchos consideran una venganza sin sentido.
Poco después supimos que Antonio G.L era padre de tres pequeños (de 13, 10 y 6 años) y esposo devoto cuya viuda exigió justicia: «Lo que ha hecho no tiene nombre», clamó entre lágrimas. Nadie debería pasar por esto.

