La antigua cárcel de Palma, un lugar que hace no tanto tiempo era un verdadero basurero humano, guarda secretos que aún resuenan. Uno de ellos nos lleva al mayo de 1991, cuando dos etarras decidieron que ya era suficiente y se lanzaron a la aventura de huir. Con los barrotes como única barrera entre ellos y la libertad, cortaron su camino con sierra en mano y unas sábanas anudadas. Pero había algo más detrás de esa osada escapatoria: el respaldo silencioso de alguien en las sombras.
Un plan meticulosamente trazado
Josean Kortadi Alustiza, un hombre marcado por su paso por diferentes prisiones y conocido por sus huelgas de hambre, llegó a Palma con una historia ya cargada a sus espaldas. Junto a él estaba Jon Bilbao Moro, otro pez gordo del grupo terrorista. Ambos llevaban ya un buen rato tras las rejas acumulando penas por crímenes atroces. Y aunque la prisión tenía sus fallos evidentes en materia de seguridad, lo cierto es que pocos se imaginaban lo que iba a suceder aquella noche mágica para ellos.
A las cuatro de la mañana del domingo 19, mientras el resto del mundo dormía plácidamente, Kortadi comenzó su operación. Con una herramienta lograda casi milagrosamente –una sierra que se coló entre los controles rigurosos– empezó a abrirse paso hacia el exterior. El silencio reinante fue cómplice; cortaba los barrotes sin apenas hacer ruido y al fin pudo dar el primer paso hacia la libertad.
Sin embargo, no solo él quería salir; también Bilbao quería probar el aire fresco fuera del penal. Así que después de compartir herramientas y estrategias en medio del sigilo más absoluto, ambos comenzaron su último sprint hacia lo desconocido. La adrenalina corría por sus venas mientras forzaban ventanas y saltaban muros con una meta clara: reunirse con quienes les esperaban allá afuera.
Pero como suele pasar en estas historias llenas de emoción y riesgo, todo se torció a última hora. Un funcionario hizo su ronda matutina justo cuando Kortadi había conseguido salir y sonó la alarma antes de que pudieran alcanzar esa ansiada libertad. Rápidamente regresaron corriendo hacia sus celdas como si fueran niños pillados haciendo travesuras.
Este intento fallido sacudió la opinión pública y generó tensiones políticas enormes; algunos comenzaron a cuestionar cómo era posible que estos terroristas contaran con apoyo externo en Mallorca. Una pregunta inquietante quedó flotando en el aire: ¿quién estaba esperando realmente a Kortadi y Bilbao? La historia sigue sin respuestas claras más de tres décadas después.

