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Recuerdos de Son Banya: Crónicas de un Periodista en el Corazón del Poblado

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La primera vez que puse un pie en Son Banya, no guardo una imagen clara. Tal vez fue solo otro día más en mi rutina. Pero lo que sí recuerdo con claridad es a su patriarca, el carismático Tío Kiko. Era un personaje singular, siempre tenía algo que contar. Una vez me llamó y me pidió hacer un reportaje sobre la creciente ola de narcotráfico que asediaba el poblado. Intrigados por su invitación, mi compañero Alejandro Sepúlveda y yo nos dirigimos allí.

El control del Tío Kiko

A unos metros de la entrada, encontramos al Tío Kiko rodeado de jóvenes. Con una sonrisa pícara, nos aseguró que estaban a punto de acabar con la venta de drogas en Son Banya y quería que fuéramos testigos. Nos quedamos boquiabiertos cuando los chicos se colocaron en medio de la calle, levantando los brazos para detener a los coches que entraban. “¿Lo ves?”, me dijo el Tío Kiko con satisfacción. “Hemos logrado poner fin a esto, ya puedes publicarlo.” Sin embargo, al poco rato nos dimos cuenta de la realidad: los coches seguían entrando sin ningún problema.

Ese episodio es solo uno entre muchos vividos allí. Recuerdo cuando salí vivo de milagro con mi compañero Ferrán Carbonell, o aquella invitación por parte de La Paca, quien era la matriarca del lugar y me llevó a ver donde su hermano El Moreno criaba gallos para pelear; había una fortuna invertida ahí.

Una mañana especialmente impactante, junto a Javier Jiménez decidimos investigar la muerte de una joven gitana por sobredosis. Al llegar a su chabola nos cruzamos con un hombre vestido elegantemente que despotricó sobre la culpa del narcotráfico: “¡Es culpa de los que venden droga!” Su desesperación era palpable y aunque no logramos sacar mucho más info, tomamos algunas fotos antes de regresar a redacción.

Días después conocí a un yonkie local que compartió cómo accedía al poblado sin ser visto por los policías que patrullaban durante el día. Me explicó cómo esperaban en una finca cercana hasta que se iban para entrar rápidamente al lugar antes del final del turno policial. Fue entonces cuando decidí hacer otro reportaje y acordé encontrarme con él para cubrirlo.

Esa tarde todo salió como estaba planeado; justo antes de las dos escuchamos el aviso: “¡Ya se han ido!”. Todos saltamos hacia adelante y para mi sorpresa, vi al mismo hombre indignado contra las drogas días atrás entre ellos. No me reconoció gracias a mis pequeños cambios físicos para pasar desapercibido mientras señalaba las chabolas donde podían conseguir lo que buscaban.

Aquella experiencia fue otra lección sobre Son Banya; cada encuentro me acercaba más a entender sus complejidades.

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