Este pasado domingo, un trágico descarrilamiento de un tren Iryo cerca de Adamuz, en Córdoba, nos ha dejado a todos con el corazón encogido. Veinte segundos, eso fue lo que se interpuso entre la vida y la muerte para decenas de personas. Mientras uno de los trenes invadía la vía contigua, otro Alvia venía en sentido contrario desde Puerta de Atocha con destino a Huelva.
Un suceso devastador
El presidente de Renfe, Álvaro Fernández Heredia, compartió este lunes en una entrevista que el tiempo crítico del que hablamos fue precisamente ese intervalo fatídico. Aunque existe un sistema diseñado para bloquear la vía cuando detecta un obstáculo, lamentablemente esos 20 segundos fueron demasiado cortos para activar el mecanismo salvador.
Aunque las causas del accidente siguen siendo inciertas, Fernández descartó cualquier tipo de error humano. Explicó que el sistema ‘Influencia Lineal en el Tren’ (LZB), instalado recientemente, debería haber evitado esta catástrofe al corregir decisiones erróneas automáticamente. Pero aún así, el maquinista es quien tiene el control final.
A pesar de lo complicado del momento y del dolor palpable en cada rincón tras esta desgracia, se afirmó que ambos trenes circulaban dentro de los límites permitidos y ya estaban reduciendo su velocidad antes del accidente. No obstante, no podemos quedarnos tranquilos; hay preguntas sin respuesta y una sensación amarga en nuestras bocas.
Carlos Bertomeu, presidente de Iryo, describió lo sucedido como algo “raro” y “extraño”, mostrando su profunda tristeza por las víctimas y sus familias. Es importante destacar que este incidente marca un hito: es el primer gran accidente mortal en la alta velocidad española desde que se inaugurara la línea Madrid-Sevilla hace más de tres décadas.
Hoy nos toca estar unidos como comunidad y apoyar a quienes más lo necesitan en estos momentos tan difíciles. La tragedia nos recuerda cuán frágil puede ser la vida.

