En un día que nadie querría recordar, la Audiencia Provincial de Palma se convertía en el escenario de un juicio desgarrador. Un hombre boliviano de 39 años ha sido condenado a tres años y cuatro meses de prisión tras admitir que abusó sexualmente de una menor de apenas 13 años. Los hechos ocurrieron entre diciembre de 2017 y enero de 2018, en un hogar ubicado en Manacor.
A pesar del dolor que su comportamiento ha causado, el procesado llegó al juicio con un gesto que parecía buscar redención. Antes del inicio del acto judicial, consignó la cifra de 36.000 euros como compensación a la víctima, un intento tardío por reparar el daño hecho, aunque eso no borra lo sucedido.
Culpabilidad y arrepentimiento
Llorando desconsoladamente, el acusado no dudó en pedir perdón durante su intervención: “Pido perdón a la víctima y a todos ustedes”, decía mientras miraba a las magistradas y abogadas presentes. Pero este relato no es solo una historia sobre arrepentimiento; es también una mirada dura sobre cómo se manipula la inocencia.
Recordemos que este individuo, cuando cometió los delitos, tenía 32 años y se aprovechó de su posición para intentar enamorar a una niña mucho más joven. Con frecuencia, le daba besos en los labios cuando estaban solos, pero eso era solo el principio. Lo que siguió fue aterrador: logró convencerla para mantener relaciones sexuales bajo la sombra del abuso.
Las secuelas para ella han sido devastadoras; reacciones psicológicas como culpa y vergüenza son ahora parte de su vida cotidiana. Más allá del tiempo que deberá pasar tras las rejas, este hombre enfrentará otras restricciones: durante diez años no podrá trabajar con menores ni acercarse a menos de 500 metros de la víctima durante siete años.
Todas estas medidas surgieron gracias al acuerdo alcanzado antes del juicio, reflejando así un sistema judicial que intenta equilibrar justicia con reparación. Sin embargo, ¿realmente podemos hablar de justicia cuando lo irreparable ya ha ocurrido?