Todo comenzó en una noche de verano, alrededor de las tres de la madrugada del 9 de julio de 2023, en una discoteca vibrante de la calle Rambla de Campos. El ambiente estaba cargado de risas y música, pero lo que siguió fue un giro inesperado que dejó a más de uno boquiabierto. Un joven acusado se enfrenta a una grave acusación tras agredir a dos agentes de la Guardia Civil que, como muchos otros, disfrutaban de su tiempo libre sin uniforme.
La verdad entre golpes y palabras
En el juicio celebrado en Palma, el procesado no dudó en admitir su agresión; sin embargo, se defendió alegando que ignoraba que sus víctimas eran guardias civiles. «Lo único que hice fue defenderme», aseguró con firmeza. A pesar de sus palabras, los perjudicados contaron otra historia: ellos afirmaron rotundamente que el ataque ocurrió justo después de que el acusado supiera quiénes eran realmente. “En cuanto supo que éramos guardias civiles vino a pegarnos a los dos”, relató uno de los afectados, quien además sufrió fracturas y contusiones durante el altercado.
Parece ser que todo empezó por un pisotón accidental en medio del bullicio del local. Un simple incidente desencadenó una violencia desmedida. El testimonio del amigo del acusado también arrojó luz sobre lo sucedido: “Supe que eran agentes por la forma de mirar”, dijo ante la jueza, enfatizando cómo le advirtió al joven antes del ataque pero sin éxito alguno.
Aquí es donde las cosas se tornan aún más complicadas: mientras la Fiscalía reclama dos años y medio tras las rejas por atentado y lesiones, el abogado defensor ha elevado su petición hasta seis años. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar cuando se cruzan los límites entre ciudadanía y autoridad? La sala estaba llena no solo de rostros preocupados sino también con un aire tenso mientras esperaban la decisión final. Una historia trágica donde cada golpe cuenta y cada testimonio pesa.