Era un día cualquiera de octubre de 1982 cuando Antonio Femenías Mir, un querido taxista mallorquín de 64 años, desapareció sin dejar rastro. Su taxi se convirtió en el epicentro de una búsqueda desesperada que unió a toda Mallorca. Más de 300 compañeros se lanzaron a las carreteras, recorriendo cada rincón de la isla con la esperanza de encontrarlo. Pero su destino había sido marcado por la tragedia; poco después, su cuerpo apareció en un camino solitario cerca de Montuïri. Alguien le había tendido una emboscada mortal.
La búsqueda y el hallazgo
Antonio estaba a punto de jubilarse y ya soñaba con pasar más tiempo con su familia. Era apreciado por todos por su amabilidad y dedicación; aquel lunes fatídico había realizado 21 carreras, quizás la última le llevó sin saberlo al encuentro con su asesino. La alarma sonó en su casa cuando no regresó esa noche. Su familia, inquieta, acudió a la Policía.
Los relatos de aquellos días hablan de un despliegue sin precedentes para encontrarlo. Sus colegas no podían concebir que algo malo le hubiera ocurrido; algunos pasaron noches enteras buscando entre barrancos y caminos. Los rumores corrían entre ellos como pólvora: ¿había tenido un accidente? Pero el tiempo se convertía en enemigo y cada minuto contaba.
Finalmente, el 7 de octubre, dos buscadores de setas encontraron lo impensable: un hombre caído junto a su taxi. La escena era desgarradora; Antonio no estaba durmiendo una siesta como pensaron al principio, sino que había sido víctima de una brutal paliza. Las evidencias eran claras: manchas de sangre y signos evidentes del ataque.
A partir de ese momento, todo cambió para los taxistas; el crimen desató una ola de indignación y miedo entre ellos. Aquella comunidad tan unida ahora clamaba justicia mientras la investigación avanzaba entre sombras e incógnitas.
A pesar del esfuerzo policial y las horas dedicadas al caso, muchas preguntas quedaron sin respuesta. Había señales alarmantes: las luces del coche habían estado encendidas durante toda la noche y las pertenencias personales no habían sido robadas completamente; parecía que buscaban algo más que dinero.
La tristeza fue palpable durante el traslado del cuerpo al cementerio; cientos acompañaron a Antonio en su último viaje entre llantos y crespones negros. Era evidente lo mucho que significaba para todos ellos y cómo su pérdida había dejado un vacío imposible de llenar.
A medida que pasaban los días, los ecos del crimen resonaban aún más fuerte en los corazones dolidos pero resilientes del gremio taxista. Con cada semana que transcurría sin respuestas concretas, crecía también el deseo ferviente por garantizar mayor seguridad en sus vidas laborales frente a lo inesperado.
Aquel oscuro camino donde se encontró a Antonio se ha convertido en símbolo del dolor colectivo y la lucha por esclarecer lo inexplicable. La historia queda marcada para siempre como una herida abierta en la memoria colectiva; ¿quién mató realmente al querido Antonio Femenías? Un misterio que aún clama por justicia.