El pasado miércoles, la tragedia se desató en Puigpunyent cuando una mujer, Joana, perdió la vida a manos de su marido. Un suceso que no solo dejó en shock a la comunidad, sino que evidenció una historia oscura de maltrato que sus propios hijos llevaban tiempo denunciando. Estos jóvenes, con el corazón roto y llenos de impotencia, habían suplicado a su madre que se separara del hombre que había convertido su hogar en un campo de batalla emocional y físico.
Un grito ahogado
A pesar de los avisos constantes, nadie pareció escuchar. Benito, el marido de Joana, llevaba años infringiendo dolor en silencio, pero no había denuncias formales ni constancias en el Sistema VioGén. Sin embargo, sus hijos sabían perfectamente lo que ocurría tras las puertas cerradas; muchos amigos también lo confirmaron al ver a Joana frecuentemente marcada con chichones y hematomas. En un intento desesperado por protegerla, uno de sus hijos llegó a poner a nombre de ambos un chalet adosado en la calle Riera. Lo tenían listado por 850.000 euros como símbolo de esperanza para comenzar una nueva vida.
Después del fatídico evento, estos valientes descendientes decidieron presentarse como acusación particular. Horas después del asesinato -porque sí, fue un asesinato machista y nada más- dejaron claro que no era cuestión de suicidio pactado como se rumoreó inicialmente. La realidad es desgarradora: unos minutos después de las 6:30 horas en esa misma calle Riera, Benito disparó contra Joana por la espalda y luego intentó quitarse la vida.
Aunque fue ingresado en Son Espases y dado de alta poco después como detenido, quedó claro para todos los involucrados que este crimen estaba marcado por el género. Las autoridades comenzaron a investigar profundamente mientras la comunidad se sacudía ante tal barbaridad.