La tarde del pasado domingo, la tranquilidad del barrio de la Soledad se vio interrumpida por un suceso que no dejó indiferente a nadie. La Policía Local de Palma recibió una llamada del 112 alertando sobre un perro que había mordido a una persona. Al llegar al lugar, los agentes se encontraron con un panorama inesperado: el dueño del perro, un hombre argelino de 51 años, había quebrantado una orden de alejamiento relacionada con su expareja.
El reloj marcaba las 17:00 horas cuando los policías llegaron al sitio y vieron que el animal estaba bajo el cuidado de un menor, mientras el padre no aparecía por ningún lado. Después de contactar con él por teléfono, les confesó que pensaba llevar al perro a un centro de recogida porque estaba causando demasiados problemas. Sin embargo, lo que parecía ser solo un mal día para el canino pronto reveló una historia más oscura.
Un mordisco que destapa más problemas
La víctima del mordisco contó a los agentes cómo, al pasar junto al perro, recibió un fuerte bocado en la muñeca que le dejó una herida sangrante. No es fácil imaginarse la sorpresa y el miedo en ese instante; cualquier persona podría haber estado en su lugar. Y es que detrás de este episodio hay algo más profundo: cuando los policías revisaron los antecedentes del detenido, descubrieron que tenía prohibido acercarse a ese mismo lugar por cuestiones relacionadas con violencia de género.
Tras recabar toda la información necesaria y proceder con la detención del hombre, el caso fue trasladado a la Policía Nacional para seguir con las diligencias pertinentes. Mientras tanto, el perro quedó bajo la custodia del Centro de Acogida Animal Municipal. Una situación compleja y preocupante que nos recuerda lo frágil que puede ser nuestra convivencia diaria.