Jessica Camí señala con preocupación el pabellón de Binissalem, ese enorme recinto que parece estar demasiado cerca de su hogar. Este lunes, tras un día de trabajo, se dirigió a recoger a su pequeña de un año en la guardería. Todo parecía normal hasta que, al abrir la puerta de su coche, se dio cuenta de que las placas del pabellón estaban a punto de desplomarse sobre ella.
«Llegué a mi casa y, al abrir la puerta, empecé a ver cómo todo se venía abajo. Le di gas al coche sin saber adónde iba… Mi hija y yo hemos vuelto a nacer», relata Jessica con una mezcla de alivio y miedo en sus ojos. Aquel momento fue crítico; si hubiera bajado solo cinco segundos antes con su hija en brazos, lo que hoy es un susto podría haber sido una tragedia.
Una lucha constante contra la negligencia
La mujer lleva tiempo denunciando el estado lamentable del pabellón municipal. «No tiene sentido que esté pegado a una casa», afirma contundente. El hecho de que esté revestido con plástico y aluminio lo convierte en una trampa peligrosa ante cualquier vendaval. Hace apenas una semana acudió al Ajuntament para expresar su preocupación, pero los técnicos le aseguraron que todo estaba bien según las normativas de seguridad. «¿Y ahora qué? Aquí tenéis el resultado», dice con frustración mientras recuerda las firmas recogidas y los esfuerzos por alertar sobre el peligro.
El viento arrasó con su hogar; ahora enfrenta unos daños estimados en 10.000 euros para reparar el techo destrozado. Jessica no solo tuvo que aparcar lejos y pedir ayuda para asegurarse de que su abuela estuviera bien dentro de la vivienda y recuperar a su perro escapado; también ha vivido momentos angustiosos.
¿Cuál es la solución? Para Jessica, lo ideal sería eliminar el pabellón o rebajarlo a una altura segura donde se puedan realizar actividades para niños sin riesgos innecesarios. La comunidad merece espacios seguros, no terrenos donde cada tormenta puede convertirse en una pesadilla.