En el año 1999, la vida de una joven madre de 25 años, conocida como Andrea, se apagó abruptamente en su hogar en Manacor. Este no es solo un caso más; es la crónica de un dolor profundo que resonó entre los vecinos, quienes no podían creer que una mujer tan querida acabara asesinada. Su expareja, José G.C., alias ‘el Ñaco’, se entregó tras el hecho y alegó que actuó en legítima defensa, afirmando que Andrea le había atacado con un cuchillo. Sin embargo, la familia de la víctima siempre rechazó esta versión y los forenses confirmaron lo que todos temían: uno de los disparos fue claramente un «tiro de gracia».
Un contexto lleno de tensión
El día del crimen, Manacor estaba envuelto en una atmósfera densa tras un violento tiroteo relacionado con clanes gitanos locales. En medio de esa tensión, ‘el Ñaco’ alegaba haber recibido un revólver por parte de su suegra para proteger a su mujer e hijos. Pero las cosas eran más complicadas. La relación entre ellos ya era una montaña rusa; aunque vivían juntos, estaban separados y él intentaba destruir la reputación de Andrea al acusarla falsamente de consumir drogas.
Aquel fatídico 8 de abril a las once de la mañana, la Policía recibió una llamada alertando sobre el tiroteo en el chalet donde vivía Andrea. Cuando llegaron, encontraron a la joven sin vida en el pasillo, con dos balas desgarrando su cuerpo. Desde el primer instante quedó claro: esto era un crimen pasional y no tenía nada que ver con disputas externas.
Las horas transcurrieron mientras los agentes indagaban sobre este hombre celoso y violento que no podía aceptar el rechazo. Fue cuestión de tiempo hasta que ‘el Ñaco’ se dio cuenta de que no tenía escapatoria; tanto el puerto como el aeropuerto estaban bajo vigilancia y temía represalias por parte del entorno cercano a Andrea.
Finalmente se entregó a las autoridades, sosteniendo su versión cargada de excusas relacionadas con las drogas. Sin embargo, los investigadores tenían pruebas contundentes; ese día disparó deliberadamente contra ella utilizando un revólver calibre .38. El segundo tiro fue ejecutado a corta distancia: pura saña.
El juicio tuvo lugar en febrero del año 2000 ante un jurado popular y marcó profundamente a toda una comunidad aún dolida por la pérdida. El fiscal reclamó 20 años para él por asesinato, mientras que sus familiares exigieron justicia sin importar si recibirían indemnización alguna — algo imposible dado que ‘el Ñaco’ era insolvente.
A pesar del aparente control emocional durante todo el proceso judicial, el jurado vio a través de sus mentiras y emitió un veredicto claro: culpable. El juez Joan Catany le impuso finalmente 15 años tras las rejas — pena luego aumentada por otro año por motivos adicionales — pero eso nunca devolverá a Andrea ni curará las heridas abiertas en su familia y amigos.