Los anillos de boda, esos símbolos que nos unen y que intercambiamos con tanta emoción, tienen una historia que va mucho más allá de lo que imaginamos. Cada vez que una pareja se mira a los ojos y se pone esa alianza en el dedo, revive una tradición que ha viajado desde tiempos remotos. ¿Sabías que sus raíces se hunden en civilizaciones como la romana y la egipcia?
El misterio de la ‘vena amoris’
En el siglo II, los egipcios creían que había una conexión nerviosa entre el dedo anular y el corazón. Esta idea fue recogida por los romanos, quienes le dieron un nombre poético: vena amoris, o lo que es lo mismo, «la vena del amor». Según cuenta el historiador Appian, esta pequeña conexión fue vista como un canal directo hacia lo más profundo de nuestros sentimientos.
A medida que el cristianismo se asentó, la tradición evolucionó aún más. Se decía que el cuarto dedo era un símbolo del amor terrenal porque al juntar pulgar, índice y corazón se representaba a la Santísima Trinidad en las ceremonias ortodoxas. Pero aquí viene la curiosidad: no fue hasta el siglo XVII cuando comenzó a popularizarse llevar los anillos en la mano izquierda debido a las creencias medievales sobre su relación con lo demoníaco. ¡Vaya contradicción!
A pesar de que hoy sabemos que esa vena no existe realmente —y es solo una invención—, su legado sigue vivo. Nos recuerda cómo nuestras tradiciones están marcadas por relatos llenos de sentimiento y conexión humana. Así, cada vez que vemos un anillo brillando en esa mano izquierda, no solo admiramos una joya; celebramos siglos de historia y emociones compartidas.