Cuando hablamos del bombardero B-2, uno de los titanes en el arsenal militar de EE.UU., todos imaginamos una máquina imbatible que surca los cielos sin ser vista. Sin embargo, hay un punto débil sorprendente que pone en jaque su legendaria eficacia: la lluvia y la humedad.
Desde su presentación en 1988, este bombardero ha sido el terror de instalaciones nucleares y objetivos estratégicos. Su diseño, con forma de ala volante, le permite evitar radares y convertirse en un auténtico fantasma en el cielo. Pero, ¿quién iba a pensar que algo tan cotidiano como un chaparrón podría desestabilizarlo? Un reciente informe de la Oficina General de Contabilidad (GAO) reveló que el revestimiento del B-2 es más vulnerable a la erosión cuando llueve. Además, el agua puede acumularse en compartimientos y válvulas, provocando fallos en sus sistemas vitales.
Un problema complicado
Parece increíble pensar que una máquina tan avanzada pueda sufrir por las inclemencias del tiempo. Cuando esa agua se congela, puede tardar hasta 24 horas en descongelarse y drenarse. Y lo peor es que las soluciones propuestas no parecen dar con la tecla; según GAO, no hay manera clara de solucionar esta sensibilidad a la humedad.
Aparte de eso, los materiales utilizados para mantener su bajo perfil son poco duraderos y requieren constantes reparaciones. De hecho, cerca del 39% del tiempo dedicado al mantenimiento del B-2 se destina solo a arreglar estos componentes dañados tras cada vuelo.
A pesar de todo esto, Northrop Grumman no se queda de brazos cruzados. La compañía está intentando aplicar mejoras mediante cintas y recubrimientos para evitar que el agua perjudique aún más estos sistemas críticos. Al final del día, incluso los gigantes pueden tener sus flaquezas frente a elementos tan simples como la lluvia.

