DeepSeek, la joven promesa de la inteligencia artificial china, ha vuelto a ser el centro de atención, y no precisamente por algo positivo. Desde su aparición hace poco más de un mes, esta empresa ha logrado captar miradas en todo el mundo gracias a su capacidad para competir con gigantes como OpenAI. Pero, ¿cuál es el verdadero coste detrás de este avance? Sam Altman, CEO de OpenAI, ha reconocido los avances impresionantes que presenta DeepSeek y su modelo R1. En un reciente tuit, lo describió como una herramienta capaz de ofrecer mucho a bajo coste. Sin embargo, aquí no acaba la historia.
La cara oculta del éxito
OpenAI no se queda callado ante el fenómeno DeepSeek y ha levantado la voz respecto a las inquietudes que genera esta rápida evolución. La preocupación principal radica en cómo este modelo podría estar siendo manipulado bajo presiones del gobierno chino. En una carta dirigida al gobierno estadounidense por Chris Lehane, vicepresidente de Asuntos Globales en OpenAI, se advirtió que este modelo R1 podría representar riesgos reales para nuestra seguridad y privacidad.
Lo llamativo es que Altman señala que en EE.UU., debemos mantenernos firmes ante la competencia china; especialmente cuando hablamos del Partido Comunista Chino (PCC), quien según ellos podría estar utilizando estas tecnologías con fines perjudiciales. Ellos creen firmemente que las herramientas desarrolladas por DeepSeek están «subsidiadas y controladas» por el estado chino, lo cual debería hacernos reflexionar sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar en busca de innovación.
Y mientras tanto, Manus – otra IA china que promete superar a ChatGPT – se cuela en la conversación como un nuevo contendiente más en esta carrera descontrolada. Ante tal panorama, OpenAI propone medidas urgentes: crear un marco regulatorio adecuado sin ahogar la innovación y establecer controles rigurosos sobre exportaciones para proteger lo que llaman “IA democrática”. Pero esto solo es el principio.
Cerrarles las puertas a países como China parece ser su mantra; proponen clasificar naciones según sus alineamientos democráticos o autoritarios e incluso vetar chips chinos en infraestructuras críticas estadounidenses. Y así avanza esta historia donde los avances tecnológicos corren paralelos a dilemas éticos profundos. Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿estamos realmente preparados para lidiar con las consecuencias de nuestras decisiones tecnológicas?