La preocupación por la basura espacial que orbita alrededor de nuestro planeta no es una cuestión menor. Desde hace años, científicos y expertos se rascan la cabeza ante el aumento de satélites inactivos y fragmentos de cohetes que, tras colisiones o explosiones, se convierten en auténticas bombas de tiempo para los vuelos espaciales. Pero, ¿qué tan probable es que este desastre ocurra? Un estudio reciente de la Universidad de British Columbia ha revelado cifras alarmantes: hay un 26% anual de riesgo de que estos restos caigan en zonas aéreas muy transitadas.
Todas las consecuencias a las que nos enfrentamos
Aunque parece improbable que esos desechos impacten directamente contra un avión, los expertos advierten: hay que tomar cartas en el asunto antes de que sea demasiado tarde. Ewan Wright, estudiante del doctorado en UBC, destaca cómo una reciente explosión de SpaceX obligó a cerrar el espacio aéreo repentinamente. “Las autoridades establecieron una zona de exclusión para los aviones”, cuenta Wright. Muchos tuvieron que cambiar su ruta por lo incierto del lugar donde podrían caer los restos del cohete.
Además, se estima que la probabilidad anual de colisión entre desechos espaciales y un avión es 1 entre 430.000. Por si fuera poco, hasta la propia Estación Espacial ha tenido que activar sus propulsores para esquivar trozos peligrosos flotando en nuestra atmósfera.
Pero no todo está perdido; existen alternativas prometedoras para lidiar con esta situación. Desde regulaciones más estrictas hasta tecnologías innovadoras para capturar y retirar estos desechos están en marcha. La Agencia Espacial Europea impulsa el proyecto ‘Zero Debris’, buscando evitar generar más basura y asegurándose de que todo lo lanzado regrese a casa.
Por su parte, Airbus ha desarrollado Detumbler, un dispositivo diseñado para combatir esta problemática al utilizar amortiguación magnética cuando los satélites se acercan al final de su vida útil. Con apenas 100 gramos y una ingeniosa rueda rotativa e imanes interactuando con el campo magnético terrestre, promete mantener bajo control aquellos satélites rebeldes que podrían girar sin rumbo cuando entran en nuestra atmósfera.