En Son Bordoy, un rincón de Mallorca que parece anclado en el tiempo, se cierne una sombra sobre la comunidad gitana. Hace tres décadas, un acuerdo firmado por el entonces conseller Fageda prometía oportunidades y derechos. Pero hoy, lo que debería ser un símbolo de progreso se ha convertido en una promesa rota.
Un acuerdo que quedó en el aire
Aquel pacto de 1993 parecía abrir las puertas a un futuro más justo para los gitanos de la zona. Sin embargo, ¿dónde están esos avances? La realidad es que muchos siguen luchando contra la marginación y la falta de recursos. Nos preguntamos: ¿por qué no se han cumplido las expectativas? Algunos miembros de la comunidad sienten que su voz ha sido ignorada durante demasiado tiempo.
No es solo una cuestión política; aquí hay vidas en juego. Mientras tanto, las decisiones se toman desde despachos lejanos sin escuchar realmente a quienes habitan esta tierra. Como bien dice uno de los vecinos: «Si no nos hacen caso ahora, ¿cuándo lo harán?» Es hora de replantearse cómo se gestionan los compromisos sociales y dejar atrás esa imagen del monocultivo turístico que olvida a sus habitantes.

