La calma de Inca se rompió cuando, en un arrebato de locura, alguien decidió lanzar una piedra contra la vidriera de la sede del PP. No es solo un cristal roto; es un recordatorio de que, a veces, la frustración encuentra salidas inesperadas. El incidente, que ocurrió en plena tarde, dejó a muchos vecinos sorprendidos y preguntándose sobre el estado actual del debate político en la isla.
¿Hasta dónde hemos llegado?
Mientras algunos podrían considerar esto como una simple travesura, otros lo ven como un síntoma preocupante de descontento social. «No se puede permitir que el vandalismo sea la respuesta a los problemas», comentaba uno de los vecinos que pasaba por allí. Sin duda, hay emociones encontradas. La comunidad siente que es hora de abrir los ojos y reflexionar sobre qué está sucediendo realmente entre nosotros.
Este acto no es aislado; se suma a una serie de sucesos recientes donde el límite entre protesta y vandalismo parece difuminarse. ¿Es este un grito desesperado? O simplemente unos jóvenes buscando algo de emoción en sus vidas aburridas. Sea como sea, lo cierto es que tirar a la basura la posibilidad del diálogo solo lleva a más tensión.

