En el corazón de Mallorca, un pequeño milagro se ha hecho realidad. El raïm que parecía perdido, ese mismo que muchos daban por enterrado en el olvido, ha vuelto a florecer y ahora brilla en cada botella de vino. Este proceso no solo habla de agricultura, sino de pasión y tradición. ¿Quién diría que las viejas cepas podrían dar tanto aún?
Una historia de resistencia
A lo largo del tiempo, el monocultivo turístico había dejado huellas profundas en nuestra isla, pero aquí estamos, disfrutando de un producto local que resuena con nuestras raíces. Mientras algunos se empeñan en tirar a la basura lo autóctono por buscar ganancias rápidas, otros apuestan por rescatar lo auténtico. Este nuevo vino no es solo una bebida; es un símbolo de lucha y esperanza.
Los agricultores locales han invertido tiempo y esfuerzo para devolverle a este raïm su lugar en la mesa. “No solo queremos cultivar; queremos compartir nuestra historia”, dicen con orgullo. Y así es como, entre copas y risas, celebramos no solo un buen trago, sino también nuestra identidad.