En las playas de nuestras islas, el sonido del mar choca con un problema creciente: la dificultad para encontrar trabajadores. Los empresarios de los quioscos han levantado la voz, señalando que los elevados precios de la vivienda están dejando a muchos sin opciones. ¿Cómo pueden atraer a personal cuando el alquiler se ha vuelto una odisea? La respuesta parece más que complicada.
A medida que las negociaciones para un nuevo convenio de hostelería se estancan, los sindicatos no descartan movilizaciones. Y es que esto no es solo cuestión de salarios; hablamos de condiciones dignas y del derecho a vivir cerca del trabajo. Muchos en Menorca ya sienten que hay más plazas turísticas que residentes, lo cual plantea serias preguntas sobre nuestro futuro como comunidad.
Una crisis que afecta a todos
El GOB lo ha dejado claro: esta situación es un verdadero suicidio social. No podemos permitirnos seguir tirando hacia adelante sin cuestionar cómo hemos llegado hasta aquí. Un día escuchamos historias sobre médicos que luchan contra el destino y al siguiente nos topamos con una maestra menorquina en Australia, donde prefiere una vida temporal antes que volver a sufrir bajos salarios en su tierra.
Y mientras todo esto sucede, se producen denuncias sobre excursiones en vehículos todoterreno en Cala Murta y encontramos noticias desgarradoras como la muerte de un senderista en Andratx. En medio de este caos social, figuras políticas hacen declaraciones absurdas celebrando días oscuros de nuestra historia reciente.
Es evidente que hay algo muy mal en nuestro sistema. Las Balears y el País Valenciano parecen convertirse en laboratorios donde se experimenta con nuestras vidas y derechos. ¿Hasta cuándo seguiremos mirando hacia otro lado?