En el corazón de Palma, donde la historia se mezcla con las nuevas realidades, la finca de Santa Cirga vuelve a ser noticia. Y no por su belleza ni por su herencia cultural, sino porque se encuentra en una encrucijada que refleja los desafíos actuales de nuestra sociedad. Mientras algunos celebran su puesta a la venta, otros no pueden evitar sentir que se tira a la basura un patrimonio que debería servir para algo más.
Un grito ahogado contra el monocultivo turístico
Las voces de quienes viven cerca del aeropuerto son claras: «No necesitamos más turistas», afirman contundentemente. En una carta abierta, entidades sociales han levantado la voz contra esa masificación que ya no solo afecta al paisaje, sino también a nuestras vidas. «Ustedes son parte del problema», añaden sin rodeos. La frustración es palpable; el cambio climático y la saturación están desgastando lo poco que nos queda de autenticidad.
Pero aquí no acaba todo. En medio de este torbellino, surgen historias como la de Antonina Canyelles, quien recuerda con nostalgia cómo su infancia estuvo marcada por un entorno natural rico y variado. Hoy siente que ese mundo está desapareciendo ante nuestros ojos. No podemos quedarnos cruzados de brazos mientras nuestras raíces se desmoronan.
Y así seguimos, discutiendo sobre lo que queremos ser como comunidad, preguntándonos si estamos dispuestos a luchar por nuestra identidad o si dejaremos que otros decidan por nosotros. Porque al final del día, todos somos parte de esta narrativa y debemos elegir qué capítulo escribir a continuación.