El próximo sábado, las puertas de Calçats Alba, esa zapatería que ha sido un referente en Sant Miquel durante más de setenta años, se cerrarán para siempre. ¿Quién lo diría? Este pequeño comercio ha sido testigo de tantas historias en el corazón de Palma, pero hoy nos dice adiós y con ello, se apaga una parte del alma del Casc Antic.
Una historia que se apaga
Ana Alba Martorell, la propietaria, ha decidido no hablar. Quizás no hay palabras que puedan reflejar la tristeza de este momento. En el escaparate ya lucen esos carteles de liquidación total, zapatos a 29 y 39 euros… Y es que los signos son claros: el final está cerca.
Joan Binimelis, el dueño de Bordados Valldemossa y vecino del local, siente en carne propia esta pérdida. Con sus 87 años a cuestas y un puro encendido como compañero, comparte su desazón: “Estamos sentenciados de muerte. Lo nuestro no lo saben conservar”, lamenta entre risas amargas. Él mismo es un sobreviviente en una calle donde cada vez quedan menos comerciantes.
Bajo su experiencia y con la voz temblorosa por la nostalgia, cuenta cómo alguna vez fueron más de noventa comerciantes en Sant Miquel; ahora solo quedan tres: él mismo con Bordados Valldemossa, Plovins y Joyería Miró. “Es muy difícil mantener abierto. Hemos tirado la toalla”, señala con resignación.
No podemos olvidar el reciente cierre de Ca Donya Àngela, otro clásico con más de 300 años a sus espaldas. La situación es insostenible; muchos creen que todo podría cambiar si hubiera aparcamientos gratuitos. “Yo pierdo dinero cada día”, confiesa Binimelis sobre su querido negocio que mantiene por amor al arte más que por rentabilidad.
Pese a las tentadoras ofertas económicas para cerrar su tienda y alquilarla (¡hasta 10.000 euros al mes!), Joan resiste ante la idea de abandonar un legado familiar que va mucho más allá del dinero.
Así, mientras Calçats Alba cuenta sus últimas horas, queda claro que este cierre simboliza algo más grande: es una herida abierta en nuestra comunidad comercial que duele profundamente.

