En el corazón de Palma, La Seu se alza como un testigo silencioso de la historia, un lugar donde las huellas del pasado romano y musulmán se entrelazan con el bullicio del presente. Este barrio, sin duda el más emblemático de la capital mallorquina, es un auténtico tesoro repleto de monumentos que atraen a miles de visitantes cada año. Desde la majestuosa Catedral hasta los encantadores rincones del Palau de l’Almudaina y los Baños Árabes, las maravillas arquitectónicas son innumerables.
Un atractivo que se vuelve pesado
Sin embargo, esta belleza también trae consigo retos. La afluencia constante de turistas, especialmente aquellos cruceristas que desembarcan en el Moll Vell, transforma las calles históricas en un mar de personas que colapsa incluso las vías principales como Palau Reial o Dalt Murada. Para los residentes, esto no solo significa lidiar con multitudes; también enfrentan el dificultoso precio del suelo, cada vez más inaccesible.
A medida que avanza la temporada turística –que parece extenderse sin fin– hay días críticos donde la masificación se hace insostenible. En esos momentos, especialmente cuando el tiempo no acompaña y se activa la famosa ‘Operación Nube’, los vecinos sienten cómo su espacio vital se reduce aún más. Y lo peor es que este agobio no siempre va acompañado de respeto; actos de vandalismo han empezado a dejar su marca en este paisaje patrimonial.
Los grafitis y pintadas aparecen en edificios históricos como si fueran una forma de protesta contra esa invasión turística. Las inscripciones grabadas sobre las paredes son una verdadera ofensa arquitectónica para quienes valoran la herencia cultural que nos rodea.
A pesar del caótico mapa urbano del casco antiguo –donde moverse ya es todo un reto– los vecinos deben recurrir al transporte público limitado o a taxis para realizar tareas cotidianas como ir al supermercado o a la farmacia. El centro de salud cercano en Moll Vell resulta ser uno de sus pocos apoyos en medio de este entramado.
Así es La Seu: un barrio lleno de vida e historia pero también marcado por tensiones sociales. Los residentes están atrapados entre su amor por su hogar y el deseo desesperado por encontrar espacios donde puedan vivir sin sentirse invadidos.