Escondido tras los pilares del puente del Rafal, un grupo de personas sin hogar vive una existencia marcada por la precariedad. Entre montones de basura y trastos viejos, han encontrado un refugio peligroso pero familiar. Con el ruido constante de cientos de vehículos que pasan a toda velocidad a pocos pasos, resulta complicado imaginar cómo pueden llevar su día a día en ese lugar.
Historias de lucha y resistencia
Ahí encontramos a Miguel, un hombre de Guinea Ecuatorial que habla un castellano impecable. «Recojo chatarra y cosas para intentar hacer algo de dinero», dice mientras intenta organizar sus escasas pertenencias, visiblemente nervioso por nuestra presencia. A unos metros, un compatriota nigeriano se niega a ser fotografiado y se acomoda sobre un viejo colchón; es lo único que tiene para descansar.
Miguel ha construido su pequeño espacio utilizando cartones como paredes. Cuando le preguntamos si recibe ayuda de los servicios sociales, su respuesta es clara: «Aquí no vienen». Ha aprendido a convivir con el rugido del tráfico porque allí siente una extraña seguridad. Junto a él está Antonio, otro español que comparte este inusual hogar. Un cuarto habitante es otro subsahariano cuyo nombre se pierde entre las sombras.
Sobre mudarse a otro lugar, Miguel lo tiene claro: «No quiero saber nada». En su pequeño rincón ha encontrado una manera de resistir, incluso utilizando un cochecito de bebé para transportar sus pertenencias diarias. Mientras tanto, la vida sigue en la Vía de Cintura; los coches pasan raudos y ajenos a estas historias humanas que se despliegan justo debajo del asfalto.