En las laderas del Parque de Sa Riera, un nuevo capítulo se escribe para los habitantes de este poblado chabolista. Con la llegada de más chabolas que parecen desafiar al tiempo y a las circunstancias, el paisaje se transforma. Es curioso cómo, bajo el puente que limita con el parque, estos vecinos han levantado su hogar en medio de una orografía complicada. Una pista cimentada les facilita el acceso, mientras las nuevas construcciones surgen como setas después de la lluvia.
Una comunidad resiliente ante adversidades
No podemos pasar por alto la presencia de un generador que ilumina sus noches y da vida a sus rutinas diarias. Esta máquina permite a los residentes del ‘fuerte’ –la mayoría rumanos y muchos ya mayores– tener algo tan básico como electricidad para cargar sus móviles o encender unas luces en medio de la oscuridad. Pero no todo es color de rosa; quienes visitan el parque no pueden evitar taparse los oídos ante el ruido ensordecedor del generador y criticar los humos que emanan de quemas incontroladas en la zona.
A medida que las nuevas hileras de barracas crecen, también lo hace la sorpresa y la inquietud entre quienes transitan cerca, especialmente desde la rotonda del cementerio. Algunas incluso cuentan con chimeneas que asoman desafiantes al cielo. Sin embargo, hay algo más profundo detrás de esta realidad: una hostilidad palpable hacia aquellos que se acercan demasiado, como si quisieran proteger su pequeño mundo privado en un terreno público del cual han tomado posesión.
Este asentamiento no es nuevo; forma parte del paisaje histórico de Palma, reflejando una realidad que cada vez se hace más evidente en nuestra capital. En las periferias y junto a las grandes vías, estos lugares nos recuerdan que hay historias ocultas tras cada esquina. La pregunta es: ¿qué estamos dispuestos a hacer frente a este fenómeno social?