En Canamunt, un barrio que solía vibrar con la vida de sus habitantes, la situación se ha vuelto tensa. La Associació de Veïns de Canamunt ha hecho sonar las alarmas tras recibir múltiples denuncias sobre el acoso inmobiliario que están sufriendo muchos de sus vecinos. Una de ellas, que prefiere permanecer en el anonimato, compartió su experiencia: «Esta mañana vinieron dos hombres bien vestidos a mi edificio y empezaron a recorrer cada piso preguntando si alguien quería vender su hogar». Era una escena que parecía sacada de una película, pero era tan real como inquietante.
La vecina, que vive de alquiler, les abrió la puerta y se encontró cara a cara con estos agentes inmobiliarios insistentes. Lo peor fue cuando le pidieron el contacto del propietario: «Me negué rotundamente a darles información. Ellos afirmaban que había una enorme demanda por parte de clientes extranjeros». Eran jóvenes españoles y aunque parecían educados, las palabras que usaban eran un eco aterrador: «Hay mucha demanda y no suficiente oferta».
Un cambio doloroso en la comunidad
Pero lo que realmente duele es lo que esta mujer observa a su alrededor. En su edificio en Sa Gerreria, ha visto cómo muchos vecinos han tenido que marcharse. «Se van parejas con niños, compañeros del trabajo… Todos quieren quedarse aquí, pero no pueden», lamenta mientras recuerda cómo la plaza Raimundo Clar se ha transformado en un espacio donde solo los turistas parecen disfrutar del café caro y los platos con aguacate.
A pesar de tener un contrato desde hace más de diez años y sentir un vínculo especial con su casero –«yo cuido del piso y él me cuida a mí»–, sigue recibiendo anuncios en su buzón de inversores dispuestos a pagar al contado. «¿Es todo este dinero negro de Europa lo que viene aquí?», se pregunta angustiada.
Desde la Associació, hacen un llamado claro: estas prácticas agresivas amenazan no solo la convivencia sino también el derecho al hogar para muchos residentes. Ellos rechazan convertirse en una mera fachada para inversiones turísticas o en un parque temático para forasteros adinerados. «El hogar es un derecho, no un negocio», claman con fuerza. Su mensaje es claro: ¡el barrio no está en venta!