Recientemente, el desalojo del asentamiento de sintecho que se había formado bajo el puente en la calle Jacint Verdaguer ha dejado una huella visible en las calles de Palma. Pero lo que parecía ser un cierre definitivo ha resultado ser solo un capítulo más en esta historia, ya que muchos de ellos han decidido ‘mudarse’ a unos pocos metros, buscando nuevamente un techo bajo el cual resguardarse. ¿Casualidad? La pasarela que conecta los barrios de Son Forteza y Son Oliva se ha convertido en su nuevo hogar, justo al lado de unas obras que prometen transformar la zona.
Un nuevo hogar improvisado
Apenas veinte metros separan su anterior ubicación de este nuevo refugio. Allí, han encontrado un pequeño espacio bajo las escaleras, donde han colgado mantas y lonas para protegerse del agua que cae con frecuencia en estas jornadas tan lluviosas. Mientras algunos logran acomodarse bajo esas coberturas improvisadas, otros deben enfrentar la intemperie, durmiendo al raso y expuestos a los elementos.
Afuera, sus pertenencias cuentan historias: bicicletas viejas, un tendedero hecho con lo que pueden conseguir y objetos diversos esparcidos por el suelo. Todo lo que tienen les acompaña tras el desalojo forzado debido a las obras del puente. A unos pasos de allí, una barraca confirma la presencia de otros residentes en esta zona, donde ya se han escuchado ecos de preocupación entre los vecinos por comportamientos hostiles hacia quienes pasan cerca del polideportivo o del colegio cercano.
Hoy en día, esa área dedicada a pipicán se ha transformado en su hogar improvisado. En medio del bullicio cotidiano y muy cerca de la autovía de Inca, estos hombres y mujeres intentan sobrevivir cubriéndose como pueden del frío y la lluvia. Y así es como una situación complicada se desplaza apenas unos metros más allá desde donde habían logrado establecerse entre los pilares robustos del puente Jacint Verdaguer.