En el polígono de Son Rossinyol, justo al borde del bullicio y la vida diaria, se encuentra un pequeño mundo que parece ignorado por todos. A pocos pasos de una escuela y pegado a las vías del famoso Tren de Sóller, hay un poblado chabolista donde la precariedad es el pan de cada día. Allí, el sonido del tren no solo marca el paso del tiempo, sino que también resuena como un recordatorio constante de la vulnerabilidad en la que viven sus habitantes.
Cerca de diez personas, muchas con raíces magrebíes, han hecho de este lugar su hogar. Se dedican a recolectar y vender chatarra, luchando día a día para salir adelante. Sus barracas, construidas con lo que encuentran y apoyadas en muros cercanos, ofrecen unas vistas inquietantes hacia las vías del tren. Una situación insostenible que nos hace cuestionar hasta dónde llega nuestra responsabilidad como sociedad.
Un peligro latente
Aunque la estructura ferroviaria está bien conservada y podría parecer segura, esto no elimina los riesgos para quienes viven allí. La presencia cercana de industrias y naves repletas de productos inflamables añade una capa extra de incertidumbre a su ya complicada existencia. Recentemente, un incendio arrasó una chabola abandonada; los Bomberos tuvieron que intervenir rápidamente para evitar males mayores. Este tipo de sucesos inquietan tanto a los habitantes del asentamiento como a los empresarios locales.
No muy lejos, tras la estación ITV de Son Castelló, otro asentamiento considerable se asienta junto al torrent de Na Bàrbara. Este lugar también ha sido delimitado por sus residentes y se puede ver desde la calle; sin embargo, el riesgo aquí es aún más evidente debido a su cercanía al cauce. Así pues, mientras muchos seguimos con nuestras vidas cotidianas ajenos a estas realidades tan duras y crudas, urge recordar que hay historias detrás de cada rincón olvidado.