En el corazón del barrio de es Jonquet, una planta baja vacía se ha convertido en el epicentro de una batalla que nadie quiere librar. La propiedad, que aguarda con ansias la licencia de obras del Ajuntament de Palma, ha sido blanco de hasta cuatro intentos de okupación. Juana Camps, la propietaria, comparte su angustia: «Ya no sabemos qué hacer».
Agradece la pronta intervención de las fuerzas policiales, tanto locales como nacionales, e incluso de la Guardia Civil. Sin embargo, esa ayuda parece insuficiente ante la creciente sensación de vulnerabilidad. En su calle, Molí den Garleta, muchas viviendas similares permanecen cerradas y deterioradas, ofreciendo un ambiente propicio para los intentos indeseados.
Una lucha constante por mantener la seguridad
Juana recuerda cómo ya había sufrido en el pasado cuando su hogar fue okupado. «La dejaron hecha un desastre», confiesa con tristeza. Desde entonces, ha tomado medidas: alarmas y candados son ahora sus mejores aliados. Pero cada vez que alguien intenta asaltar su casa, los dispositivos suenan y ella llama a la policía. A pesar de eso, también han tenido que lidiar con grafitis vandálicos que Emaya se ha encargado de limpiar.
La inseguridad está presente en cada rincón del vecindario. «Hemos tapiado la casa mientras esperamos el permiso para arreglarla», dice Juana con frustración. Su ilusión por reformar el lugar choca con una realidad desalentadora: «No es que no tengamos apoyo policial; el verdadero problema es que falla la justicia».
A medida que esta tranquila zona marinera ve cómo se acumulan las edificaciones cerradas, los residentes sienten cómo crece la inquietud en sus corazones. Un paisaje pintoresco pero amenazador donde cada día parece más difícil mantener a raya a quienes buscan aprovecharse del desamparo ajeno.