MADRID, 25/03/2025.- Este martes, en el pleno del Senado, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, se alzó para expresar su preocupación sobre un tema que ha encendido los ánimos en nuestra sociedad. La posible publicación por parte de Anagrama de un libro que profundiza en el horror del crimen de violencia vicaria cometido por José Bretón en Córdoba está generando un verdadero torbellino. En esta balanza de derechos fundamentales, se enfrentan dos pilares esenciales: la libertad de expresión y el honor de las víctimas.
No podemos olvidar que estamos hablando de dos pequeños asesinados por su propio padre, algo que no debería ser tratado con ligereza. La ministra ha sido clara: hay que frenar la llegada del libro a las estanterías antes de que sea demasiado tarde. Y es que no solo ella lo dice; la Junta de Andalucía también ha mostrado su apoyo a Ruth Ortiz, madre desgarrada por esta tragedia y asediada ahora por una obra titulada ‘El odio’, escrita por Luisgé Martín.
El dilema entre creación y respeto
En medio del ruido mediático, la Fiscalía de Menores ya ha comenzado a tomar cartas en el asunto para investigar si el contenido menoscaba el honor y la memoria de esos niños inocentes. Pero aquí viene lo complejo: muchos analistas alertan sobre los peligros que podría acarrear este intento del ministerio público. Dicen que cualquier controversia puede ser discutida después con una demanda cuando ‘El odio’ finalmente vea la luz.
Anagrama y Martín defienden su derecho a contar esta historia, incluso lo comparan con el clásico ‘A sangre fría’ de Truman Capote. Sin embargo, algunos argumentan que aquí falta algo crucial: la voz directa e impactante de Ruth Ortiz misma; alguien tan cercano al dolor como para entenderlo realmente. El caso vuelve a estar en boca de todos no por nuevos hallazgos judiciales sino porque nos enfrenta a un dilema moral: ¿hasta dónde llega nuestra libertad artística ante el sufrimiento ajeno?
A medida que instituciones buscan proteger el honor de las víctimas, hay quienes advierten sobre los riesgos que esto conlleva para la creación artística. Lo cierto es que resolver este embrollo será clave para definir cómo manejamos esta delicada relación entre literatura, dignidad humana, y derechos fundamentales en nuestro país.