MADRID 1 Abr. (EUROPA PRESS) – En una madrugada que debería haber sido tranquila, Beirut se despertó con el estruendo de nuevos ataques que han dejado un rastro de dolor y destrucción. Al menos siete personas han perdido la vida y 24 más han resultado heridas en esta oleada de violencia, que se suma a las tensiones crecientes entre Israel y Hezbolá.
Todo comenzó como una respuesta brutal a un ataque previo, en el que el grupo chií libanés buscaba venganza por la muerte del líder supremo de Irán, Alí Jamenei. La zona de Jana, al sur de la capital, fue testigo del ataque más devastador: cinco muertos y 21 heridos, según los primeros informes del Ministerio de Salud. Las imágenes desgarradoras hablan por sí solas; hay un sentido profundo de pérdida en cada rincón afectado.
Una guerra sin fin
No contentos con eso, otro ataque en Jalda se llevó también dos vidas más e hirió a otros tres ciudadanos. Es escalofriante pensar que desde el inicio de esta ofensiva ya son más de 1.250 personas muertas y cerca de 3.750 heridas. Y aquí estamos, hablando no solo de cifras; detrás hay historias humanas destrozadas.
A pesar del alto el fuego alcanzado en noviembre pasado, los bombardeos israelíes no cesan. La justificación siempre es la misma: actuar contra las supuestas actividades peligrosas del partido-milicia Hezbolá. Pero nosotros nos preguntamos: ¿hasta cuándo seguiremos viendo cómo se tiran vidas a la basura en esta guerra interminable? Las comunidades están sufriendo, y el número alarmante de desplazados —más de un millón— es un recordatorio crudo de lo que está en juego.

