MADRID, 29 de marzo. En un giro alarmante de los acontecimientos, las autoridades de Estados Unidos han mostrado su rechazo absoluto ante la agresión sufrida por el presidente del Kurdistán iraquí, Nechirvan Barzani, quien vio cómo su hogar se convertía en blanco de milicias proiraníes. Este hecho, que Washington califica como un «acto terrorista», se inscribe en el marco de una escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán.
El portavoz adjunto del Departamento de Estado estadounidense, Tommy Pigott, no ha escatimado palabras para describir lo ocurrido: «Estados Unidos condena de forma inequívoca y enérgica estos despreciables ataques». Es claro que la situación no solo afecta al presidente Barzani; es un golpe directo a la soberanía y estabilidad de Irak. Las acciones que han llevado a cabo estas milicias son descritas por Pigott como «cobardes» e «indiscriminadas», reflejando así una realidad muy dura para la región.
Un trasfondo complicado
No es casualidad que esta nota llegue justo después de que tres miembros de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP) perdieran la vida y otros cuatro resultaran heridos en otro ataque en Kirkuk. La tensión está palpable; incluso se reportó el impacto de un dron cerca del Aeropuerto Internacional de Bagdad y seis ataques más en el Kurdistán. Uno de esos drones impactó nada menos que contra el domicilio del propio Barzani, ubicado en Duhok.
A medida que nos acercamos al primer aniversario del inicio de los bombardeos israelíes y estadounidenses sobre Irán, resulta inquietante saber que más de 460 ataques han tenido lugar en el Kurdistán desde entonces. Esta cifra revela mucho sobre cómo se percibe esta región como aliada por las milicias proiraníes. Y mientras tanto, nosotros aquí seguimos preguntándonos: ¿hasta cuándo seguirá esta espiral violenta?

