Las cifras son desgarradoras. El Ministerio de Sanidad de Líbano ha anunciado que ya son más de 70 los muertos y más de 430 heridos a causa del reciente estallido de violencia entre el Ejército israelí y el partido milicia chií Hezbolá. En medio de este caos, el primer ministro, Nawaf Salam, ha hecho un llamado urgente, prometiendo que el Estado «no escatimará esfuerzos para poner fin a esta guerra devastadora». La situación es alarmante; en sus declaraciones, insistió en que hay que prestar atención a las necesidades de los desplazados.
Una crisis humanitaria creciente
En su conmovedora rueda de prensa en Beirut, Salam recordó lo importante que es tratar a estos afectados con humanidad. «No son responsables de lo que les ocurrió», enfatizó mientras llamaba a evitar cualquier abuso o discriminación hacia ellos. Por otro lado, la ministra de Asuntos Sociales, Hanin el Sayed, reveló que ya hay más de 83.000 desplazados internos en el país. Aunque ella asegura que se han abierto 399 refugios, muchas organizaciones sobre el terreno estiman que la cifra real supera las 180.000 personas necesitadas.
A medida que la violencia se intensifica, los bombardeos israelíes han golpeado duramente ciudades como Tiro y Nabatieh. Incluso distritos como Marjeyun y Bint Jbeil no se han salvado del estruendo incesante. Israel justifica sus ataques argumentando que están dirigidos contra actividades del Hezbolá, aunque tanto las autoridades libanesas como este grupo han condenado estas acciones ante organismos internacionales.
A pesar del alto el fuego alcanzado en noviembre pasado, Israel no ha retirado completamente sus tropas del sur del Líbano, manteniendo cinco puestos militares en la zona; algo que Beirut y Hezbolá critican abiertamente al exigir un final inmediato a esta presencia militar. La situación sigue siendo crítica y cada día sin una solución parece agravar aún más esta crisis humanitaria.

