El pasado domingo, mientras la música sonaba en los Grammy, un eco de protesta resonó en la voz de Bad Bunny. Este artista puertorriqueño, conocido por su estilo único y su autenticidad, aprovechó el momento para lanzar una crítica contundente hacia las políticas migratorias de Estados Unidos. Pero lo que parecía ser un gesto valiente no pasó desapercibido para la Casa Blanca.
Karoline Leavitt, portavoz del Gobierno estadounidense, no tardó en responder. En sus declaraciones cargadas de ironía, lamentó que alguien con tanta seguridad y recursos como Bad Bunny se atreviera a cuestionar a los agentes del Servicio de Control de Aduanas e Inmigración (ICE). “Es triste ver a personas que gastan millones en protección intentar demonizar a quienes cumplen las leyes”, aseguró.
¿Dónde estaban cuando realmente importaba?
Leavitt continuó arremetiendo contra lo que ella considera hipocresía entre las celebridades. Se preguntó por qué “los famosos de Hollywood” guardaron silencio durante la administración Biden cuando la frontera con México enfrentaba una crisis alarmante. “Nadie habló cuando las vidas inocentes fueron arriesgadas”, comentó, dejando claro su desdén por aquellos que solo alzan la voz cuando les conviene.
No obstante, el mensaje de Bad Bunny fue claro y directo: “No somos salvajes ni animales; somos seres humanos”. Con estas palabras llenas de emoción y verdad, logró captar la atención del público y poner sobre la mesa un tema tan candente como necesario. En un mundo donde el ruido puede silenciar verdades vitales, artistas como él juegan un papel crucial al dar voz a quienes han sido olvidados.

