Birmania se encuentra en un momento crítico. Este domingo, el país recuerda el quinto aniversario del golpe de Estado que lanzó a la nación a un abismo de conflictos, crisis humanitaria y una fragmentación nacional alarmante. En medio de todo esto, surge una resistencia armada que lucha por sus derechos, combinando grupos de autodefensa con organizaciones que han estado peleando durante décadas por su identidad.
Las cifras son desgarradoras y difíciles de verificar. Según ACLED, cerca de 90.000 vidas se han perdido en estos cinco años de guerra. Mientras tanto, la Asociación de Asistencia de Presos Políticos (AAPP) estima que casi 7.800 no combatientes han muerto y alrededor de 30.400 personas han sido detenidas arbitrariamente por el régimen militar liderado por el general Min Aung Hlaing.
El silencio ensordecedor del mundo
A pesar del sufrimiento, la comunidad internacional parece mirar hacia otro lado. El militar al mando asegura que su poder se ha fortalecido tras las elecciones recientes, mientras los líderes democráticamente elegidos siguen exiliados o encarcelados; entre ellos, la premio Nobel Aung San Suu Kyi.
No podemos olvidar que hay un caso abierto ante la Corte Internacional de Justicia por genocidio contra Birmania debido a la persecución sistemática del Ejército contra los rohingyas en 2017, lo que resultó en el éxodo forzado de cientos de miles hacia Bangladesh.
A medida que pasa el tiempo, las fuerzas étnicas como el Ejército Kachin o las Fuerzas Democráticas del Pueblo están resistiendo con valentía a los militares, pero mientras ellos luchan, ¿quién se preocupa por la población civil? Un informe reciente revela que más de 3 millones de personas están desplazadas y casi 16 millones requieren asistencia humanitaria urgente.
Y como si eso no fuera suficiente, desastres naturales como el terremoto del año pasado solo agravan la situación. Las autoridades militares demostraron ser completamente incapaces para responder adecuadamente a estos retos.
Sigue aumentando también la violencia: Joe Freeman, investigador en Amnistía Internacional sobre Birmania, señala cómo los ataques aéreos han alcanzado niveles alarmantes desde hace tiempo; es un ciclo sin fin donde el terror se convierte en rutina para muchos ciudadanos.
António Guterres, secretario general de la ONU, ha expresado su profunda preocupación por este deterioro constante: «El sufrimiento del pueblo birmano es insoportable», dijo recientemente. Y aunque pide unidad para abordar esta crisis compleja y duradera, sigue habiendo una sensación palpable entre todos nosotros: ¿es suficiente?
Parece evidente que estamos ante un caso donde las palabras no son suficientes; necesitamos acciones concretas y compromiso real para frenar esta tragedia humanitaria antes de que sea demasiado tarde.

