El pasado domingo, un suceso aterrador sacudió el norte de Surinam. Un hombre, de 43 años, fue detenido tras cometer un acto que deja sin palabras: mató a nueve personas, entre ellas cinco niños, en lo que debería haber sido una reunión familiar tranquila. Todo comenzó en la noche del sábado al domingo en el municipio de Commewijne, cerca de Paramaribo. Una pelea telefónica con su exmujer desencadenó esta pesadilla.
En un arranque de locura, este individuo atacó a sus propios hijos, apuñalando a cuatro de ellos, con edades que oscilan entre los cinco y los quince años. Solo su hija mayor, de 16 años, logró escapar con heridas graves para buscar ayuda entre los vecinos. Pero la historia no termina ahí; después decidió ir casa por casa en la pequeña comunidad de Richelieu, sembrando el terror al apuñalar a familias enteras. En total, cinco personas más perdieron la vida esa noche fatídica.
Atrapado en una espiral de violencia
La intervención policial llegó tarde pero contundente. Los agentes tuvieron que usar armas de fuego para detener al agresor, quien resultó herido en una pierna y ahora se encuentra bajo custodia médica mientras se recupera. Esta tragedia no solo golpea a las familias directamente afectadas; también nos hace reflexionar sobre la fragilidad de nuestra convivencia y cómo pequeños conflictos pueden escalar hasta convertirse en verdaderas catástrofes.

