En una escena que muchos no podrían haber imaginado, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha hecho oficial la decisión de retirar a Hungría del Tribunal Penal Internacional (TPI). Este anuncio tuvo lugar en un encuentro con Benjamin Netanyahu, el líder israelí que, aunque suena a paradoja, debería ser arrestado por crímenes de guerra. Pero claro, en este juego político ya no hay espacio para las ironías.
Un tribunal en la cuerda floja
Para Orbán, el TPI se ha convertido en un simple tribunal político, una idea que dejó clara ante los medios. Recuerda cómo hace más de veinte años Hungría se sumó a esta corte con grandes expectativas. Sin embargo, ahora ve un panorama muy diferente: “Ya no se basa en el Estado de derecho”, afirmó con determinación. Y es que los recientes acontecimientos y acusaciones contra Israel han cambiado las reglas del juego.
Netanyahu no tardó en responder con palabras elogiosas hacia Orbán por su decisión “valiente” de alejarse del TPI, al que tildó de “organización corrupta”. Para él, la forma en que la corte ha tratado a Israel es un ataque directo a las democracias. En sus propias palabras: “No solo es importante para nosotros; es crucial para todas las democracias”. Es curioso ver cómo ambos líderes se alinean bajo esta narrativa.
Aunque todo esto puede parecer una danza política arriesgada, Orbán ha insistido también en su postura sobre el antisemitismo. Asegura tener “tolerancia cero” frente a esta lacra y hace hincapié en que en Hungría no ondea ninguna bandera relacionada con Hamás. De alguna manera, busca presentarse como una “isla” dentro de Europa defendiendo valores judeocristianos.
A fin de cuentas, estos movimientos entre Budapest y Jerusalén reflejan un contexto mucho más amplio donde la defensa mutua parece ser el nuevo lema. Mientras tanto, la situación sigue siendo compleja y delicada para todos aquellos involucrados.