El horizonte de Latakia, un rincón del oeste sirio, se tiñó de explosiones este jueves, cuando el Ejército de Israel decidió lanzar una nueva ofensiva. Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, al menos seis misiles impactaron en lo que se considera «almacenes de munición» cerca del puerto. La noticia, aunque cruda, no ha sorprendido a nadie en esta región marcada por la guerra.
Las autoridades sirias aún no han ofrecido detalles sobre posibles víctimas o daños específicos tras estos ataques. La agencia estatal de noticias SANA ha mencionado que los bombardeos se concentraron en las inmediaciones del Puerto Blanco, pero el silencio del Ejército israelí es ensordecedor. Las explosiones retumbaron durante varios minutos, dejando tras de sí un rastro de destrucción y la certeza de que esto podría ser solo el comienzo.
Una espiral sin fin
A medida que la situación se vuelve cada vez más tensa, hay quienes recuerdan el reciente pasado: este no es el primer ataque israelí a esta zona; ya hubo otro hace apenas unos meses. Con la caída del expresidente Bashar al Assad y la llegada al poder de grupos yihadistas como Hayat Tahrir al Sham, las incursiones militares por parte de Israel se han intensificado.
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, dejó claro desde su puesto en el monte Hermón que sus tropas permanecerán en Siria “por tiempo indefinido”. ¿Y todo esto para qué? Para protegerse ante lo que ellos consideran amenazas desde los Altos del Golán. Pero mientras tanto, las denuncias internacionales sobre estas acciones aumentan y Damasco exige su retirada.
En medio del caos y la incertidumbre que reinan aquí, lo único claro es que la vida sigue marcada por la violencia y las decisiones tomadas lejos de sus habitantes. Es un ciclo interminable donde las bombas caen y las esperanzas parecen desvanecerse.