El pasado miércoles, el presidente ruso, Vladimir Putin, decidió hacer una aparición en una base militar de Kursk. Allí, acompañado por el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas, Valeri Gerashimov, dio un discurso que dejó claro su mensaje: la ofensiva ucraniana lanzada en agosto está prácticamente derrotada. ¿Qué significa esto para Kiev? Pues que su estrategia de negociación se tambalea.
Vestido con indumentaria militar —una imagen poco común—, Putin no escatimó en agradecimientos a las divisiones y brigadas que han participado en esta contraofensiva. Y es que los números son fríos: más de 67.000 soldados ucranianos muertos o heridos y cientos de vehículos destruidos. Pero eso no es todo; ahora su objetivo es expulsar completamente a las tropas ucranianas. “Nuestra tarea inminente es acabar con el enemigo atrincherado aquí y devolver la tranquilidad a la región”, enfatizó Putin durante su encuentro con Gerasimov.
Aviso sobre los ‘terroristas’
Puso también sobre la mesa la idea de establecer una “zona de seguridad” a lo largo de la frontera rusa. Aquí viene lo más inquietante: cualquier persona que desafíe las leyes rusas o cometa delitos será considerada un terrorista. Esto incluye, según sus palabras, a todos los soldados ucranianos capturados. No obstante, el líder ruso aseguró que tratarían a los prisioneros de guerra “con humanidad”. Sin embargo, dejó claro que los mercenarios extranjeros no gozan del mismo trato bajo la Convención de Ginebra.