El pasado 1 de marzo, el Ejército israelí dio un paso más en su ofensiva contra el campamento de refugiados palestino de Nur Shams, ubicado en el norte de Cisjordania. Una semana después de anunciar que se haría con el control de esta zona para frenar lo que ellos llaman un «frente oriental de terroristas», las máquinas empezaron a hacer ruido. La agencia WAFA, voz oficial del Gobierno palestino, confirmó que las excavadoras ya estaban destruyendo casas y arrasando los alrededores, comenzando por la mezquita Abu Bakr al Siddiq.
La crisis humanitaria se agrava
Mientras tanto, los aviones sobrevolaban a baja altura, intensificando aún más la tensión. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, dejó claro que este es solo el comienzo; pretende ocupar los principales campos de refugiados del norte durante todo el año. De hecho, más de 40.000 palestinos ya han sido forzados a abandonar sus hogares debido a esta operación militar. Un golpe brutal que ha dejado a la agencia de Naciones Unidas para los refugiados (UNRWA) sin capacidad para operar.
No podemos olvidar que la presión militar en Cisjordania no es nueva; viene acompañada por las incursiones constantes desde hace meses y han ido aumentando desde que cesó el fuego en Gaza. Las cifras son alarmantes: más de 860 palestinos han perdido la vida en Cisjordania y Jerusalén Este desde que estallara la guerra entre Hamás e Israel el pasado 7 de octubre. Cada demolición cuenta una historia, una vida truncada y una comunidad desgarrada.